martes, 11 de octubre de 2011

"Una de las ventajas de no ser feliz es que se puede desear la felicidad." Unamuno.

Aquella noche volvió a pasar por tercera vez consecutiva. El sabor con el que desperté era repulsivo, nauseabungo. Cuando abrí los ojos pude ver como la oscuridad reinaba en el cuarto y el silencio, tan doloroso como siempre, chillaba en mis oidos ensordeciéndome. Caminé por los largos y estrechos pasillos de mis aposentos en busca de algún tipo de licor que me ayudara a amistarme con Morfeo. Mientras caminaba, cuidadosamente inspeccionaba algunas huellas de mis sueños que se hallaban borrosas e inmutables en mi pensamiento. El no poder recordarlo me angustiaba, no por el hecho de que los siguientes años de mi vida estuvieran en juego si no porque necesitaba saber quien era aquella sombra que borrosa y efervescentemente desaparecía. Sólo podía recordar las dulces y deformes palabras de aquel ser: “Sí, están en los sueños. Yo habito en uno…¿O es él quien habita en mí? Lo he olvidado…” Debido a mi rabia, la botella impactó contra el suelo simplificándose en fragmentos cada vez más pequeños. ¿Qué quería decir?¿Quién era esa cándida voz? De pronto se nubló mi mente. Pude visualizar una silueta…

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-¿Te conozco?-preguntó levantando su ceja como hacía siempre que se mostraba interesado por algo.
-Sí.
-Juraría que n…quizás te haya visto una vez, es facil confundirme, tengo una cara muy común…
-No sólo una vez…-susurré
-¿Ah, si? –Preguntó mientras cruzaba los brazos.-¿Y cuántas veces exactamente?- Se burló.
-No las he contando-respondió la inocencia- pero me conoces.
- Quizás nos hayamos cruzado un par.
- No, no nos hemos cruzado nunca.
-¿Y de qué te conozco? Si se puede saber…-dijo ya algo harto de tanta adivinanza.
-De tus sueños.
En ese momento su cuerpo se diluía, desaparecía. En ese momento sentí que mis ojos no aguantaban la presión que ejercían sobre ellos mis lágrimas. No pude evitar llorar.